Connect with us

El personaje

Nacho cuenta su sueño americano: “aquí llegué a ser cowboy y próspero comerciante”

Published

on

Cuando aterrizó el avión de Varig que trajo a Nacho Román desde su natal Huancayo, Perú, hasta Oregon, Estados Unidos, 47 años atrás, sus ojos se encontraron con un pintoresco paisaje que cubría con picos de nieve parte de las montañas,  los bosques y las granjas agropecuarias.

Narciso, su nombre de pila, por ese entonces (1970), era un joven profesor  en una escuela pública de su natal Huancayo, que ganaba un salario paupérrimo, equivalente a setenta dólares, con el que mantenía a su esposa y su pequeño hijo.

De contextura delgada y atlética, pronto se hizo conocido por el  buen fútbol que jugaba, y comenzó a ser cotizado en el ámbito de la liga deportiva del lugar. “Campeoné varias veces haciendo goles espectaculares”, recuerda Nacho.

En una de esas competiciones deportivas consiguió un contacto clave en el área agropecuaria que lo ayudaría a engancharse a un futuro exitoso en Estados Unidos.

La región de Junín y Huancayo igual que el Estado de Oregon tienen en común sus ríos, bosques, colinas y lagunas, así como su actividad agrícola y ganadera.

Por eso cuando recibió la oferta de trabajar en una granja de Oregon como vaquero, con un salario de 700 dólares mensuales  no la pensó dos veces y un 3 de enero ya estaba en el vuelo que cambiaría su vida.

“Nunca pensé llegar a  ser un cowboy (vaquero), ni aprender a inseminar vacas, pero lo hice y lo disfruté mucho”, cuenta al evocar su paso por Norman Ranchs durante tres años.

Cuando retornó al Perú un año después, su aspecto físico había cambiado. “Era más robusto. Parecía un toro. El alimento en base a proteínas me había vuelto más fuerte e imparable”.

Con su nueva pinta sorprendió a su esposa y sus tres hermanas (es el único varón), y poco a poco sus sobrinos (uno de ellos ahora es ingeniero geólogo graduado de la Universidad de Harvard) y cuatro hijos, con los que completó la familia, se fueron marchando para siempre a Estados Unidos, a excepción de su compañera de juventud que nunca pudo acostumbrarse y que hoy administra sus propio negocio en Perú.

Nacho proviene de una familia de comerciantes, por lo que al terminar su trabajo como granjero en Norman Ranchs decidió abrir su propia tienda con lo más selecto de las marcas de productos peruanos, argentinos, brasileros y colombianos, entre otros países.

“La Pequeñita” es el nombre de la cadena de tiendas de abarrotes que tiene en Estados Unidos y Perú. En Estados Unidos cuenta con cuatro sucursales y una de ellas está en Orem, Utah, bajo su gentil atención hace quince años. Las otras son administradas por sus hijos.

Desde chuño, pasando por ají molido panka, leche evaporada Gloria, yerba mate argentina, soda guaraná Antartida e Inka Kola, Api, farofa Pinduca, galletas, chocolates Sublime,  y tantas gollorías y alimentos con los que nos criamos en nuestros países están en las estanterías de la bodega bien surtida de don Nacho.

“La Pequeñita” se abastece con los cargamentos de mercaderías y marcas sudamericanas seleccionadas que llegan por barco desde Perú hasta Los Angeles.

De allí recoge en contenedores la familia de don Nacho y surte a sus pequeños supermercados que son apetecidos por su amplia y exigente clientela latina que no ha olvidado el sabor de la tierra que la vio nacer y crecer.

“Cuando abren otras tiendas y me hacen la competencia, yo bajo los precios de las mercaderías hasta menos de su valor real y aguanto porque tengo musculatura financiera para hacerlo. Entonces los clientes que se fueron con los nuevos, vuelven por la mejor oferta”, comenta este hábil comerciante que ha visto cerrarse a muchos almacenes que compitieron con La Pequeñita.

Pero si bien se gana, el trabajo no es facil. “Es muy esclavizante porque no puedo darme el gusto de cerrar e ir a pasear porque los clientes llegan a cualquier hora en busca de su producto preferido y aquí estoy yo con una sonrisa en los  labios para darselo”, dice.

De Perú extraña poco más allá de la familia y algunas comidas como “papa a la huancayna”. Pero en su mente está firme la idea de volver cuando se jubile para disfrutar de sus años dorados en el paisaje pintoresco de Huancayo, entre sus ríos y bosques risueños.

Cuando vuelva parte de “La Pequeñita” también se irá con él. Y otra se quedará acá con sus hijos y nietos, que como él han querido ser prósperos comerciantes.

Elenir Centenaro

Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *