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El personaje

Marta Huerta de Del Castillo se luce en la cocina con el “charquecan chileno”

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Si usted desea paladear un delicioso plato de charquecan a la chilena, oriundo de la etnia mapuche, ya puede hacerlo porque seguimos paso a paso la receta que preparó con esmero y cariño, nuestra anfitriona Martita, picando en trocitos un zapallo y seis papas, y llevándolos a fuego lento con arvejas y otras verduras mixta a elección.

En un sartén puso a cocer y freir un kilo de carne picada, delicadamente sazonada, y simultáneamente preparó y batió en la licuadora una salsa bien sabrosa con cebolla, longaniza, zanahoria, ajo, pimienta y sal.

Las tres preparaciones se unieron en una olla y dieron como resultado deliciosos platos bien calientes y jugosos de charquecan que fueron servidos con rodajas de pan francés y jugo de naranja.

Marta Huerta de Del Castillo es tan linda como la comida que prepara con buena dosis de ocurrencias y alegría que le dan un toque especial al hablar y contar su historia de vida que comenzó un día no muy lejano en el aristocrático barrio Las Condes de su natal Santiago de Chile.

Allí creció la niña inquieta e inteligente que se cultivó en la luz de la lectura, la escritura y el arte, y se arropó con las ideas izquierdistas del socialista Salvador Allende tan admirado y seguido por su progenitor, un prominente dirigente sindical, quien fue el primer presidente de la Federación de Estudiantes de Chile.

Miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, hizo su misión donde conoció al que sería su eterno amor y compañero de vida don Sergio del Castillo, un líder misional desde muy joven hasta el día de hoy.

Tras dos meses de romance contrajeron nupcias hace casi 30 años y tuvieron tres hermosos hijos: Cristóbal, Bastian y Martín.

Martita es una querendona de los niños a los que siempre abraza, prodiga amor y cuidados. Los pequeños se sienten atraídos hacia ella porque tiene un carisma y un don especial. Es muy dulce y tierna. Lleva muy dentro un alma de eterna niña.

Hizo su carrera profesional en el sector bancario de Santiago de Chile hasta que un día sintió que necesitaba buscar un nuevo país de destino donde pueda disfrutar en familia un nuevo tiempo y el espíritu de Dios le mostró a Utah, Estados Unidos.

“Nos vamos a Estados Unidos, familia”.  Todos en su casa pensaron que era una broma, pero muy pronto su esposo y sus hijos aceptaron el desafío y comenzaron a empacar las cosas.

Antes, vendieron todos los objetos de valor que habían acumulado en su vida familiar y guardaron el dinero en un lugarcito especial que se salvó de ser robado por los ladrones días antes de emprender el bendecido viaje.

“El Padre Celestial siempre nos guardó porque tenía un propósito para nosotros en este bello país”, dice Marthita que si bien le costó adaptarse a la cultura norteamericana y al modo de vida de la nueva Nación que la acogió, hoy no lo cambia por nadie y si bien extraña Chile sólo volvería de vacaciones.

Su esposo y sus tres hijos también son muy felices, y uno de sus retoños, Cristóbal, pronto contraerá nupcias con una linda joven estadounidense.

Será un acontecimiento familiar que reunirá a la familia entera. Su mamá llegará de Chile a la celebración y también espera a su hermano, un renombrado artista y pintor chileno que deja en alto el nombre de su país con exposiciones exitosas de sus cuadros artísticos.

“¿Qué más le puedo pedir a mi Padre Celestial?”, dice sonriente Marthita, al mostrarse plenamente agradecida por todo lo que ha logrado ella, su esposo y sus hijos en Estados Unidos.

Elenir Centenaro.

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