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El personaje

Evo está «demasiado maduro» y con fecha de expiración: el 22 de enero de 2020

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Quienes conocen de cerca a Evo Morales dicen que es buen tipo. Y lo defienden a capa y espada diciendo que su mala reputación política es por culpa de una rosca palaciega chupamedias que lo hipnotiza con cuentos chinos y de super héroes. Por esta razón se encuentra divorciado de la realidad del país y del ciudadano.

Es como si estuviera obnubilado, extraviado o con severo mal de ojos. No mira con claridad, por ejemplo, que la gente a menudo anda más en las calles que en sus casas protestando porque él no cumple con su palabra empeñada en diversas circunstancias.

Convengamos que la palabra desde nuestros tatarabuelos y mucho más allá tiene fe de Estado más aún proviniendo de un Presidente de la República o Estado Plurinacional. Y vale igual o más que una firma. La Ley lo interpreta así en el Código Civil Boliviano, en el área de derechos y obligaciones: «de la misma forma que se pacta (con la palabra), de la misma forma se cumple». Dicho de otro modo: «palabra dada, palabra cumplida». Pero Evo Morales ha atropellado su palabra.

Veamos algunos ejemplos.

Antes del referendo del 21 de febrero del año 2016 afirmó que si perdía la consulta popular para postularse a un nuevo período constitucional (2020-2025) se iría callado a su chaco ubicado en el Chapare y colocaría un restaurante como medio de vida y de trabajo.

Resulta ser que Bolivia le dijo no en ese referendo y al principio, aunque cabizbajo y dubitativo, aceptó los resultados contrarios a sus golosas aspiraciones.

Pero meses después sus bases sociales, dirigentes y él también comenzaron a cambiar la verdad histórica del hecho electoral por otra que convenía a sus intereses de prorroguismo. Comenzaron a instaurar así una falsa verdad.

Para desacreditar los resultados de la consulta ciudadana, se inventaron que el pueblo había votado sobre la base de una mentira armada para desacreditarlo. Se refería a la bomba noticiosa del romance que sostuvo con la archiconocida Gabriela Zapata con quien presuntamente procreó un hijo que él reconoció con su puño y letra en una Notaría de Cochabamba y que después resultó ser inexistente. En otras palabras admitió jurídicamente como suyo un niño que no nació.

La mujer, astuta ella, y presa ahora, aprovechó esta relación cercana con el Jefe de Estado para armar una red de corrupción escandalosa que sacudió las estructuras estatales.

Obviamente los electores no iban a premiar semejante desfachatez cometida en contra de sus recursos.

Hay que aclarar, sin embargo, que este «caso Zapata» fue tan sólo un punto negro en la percepción mental del ciudadano que decidió serenamente que el tiempo del mandato, por muy primaveral que haya sido, debía acabar por completo el 23 de enero de 2020 para dar paso a la necesaria alternancia democrática gubernamental que refresca y oxigena los actores de la política.

Ya sabemos que todo el aparato político gubernamental se pasó de largo el mandato supremo vinculante del ciudadano, que es de cumplimiento obligatorio, y mañosamente, usando triquiñuelas y chicanas leguleyescas, sin valor constitucional alguno, habilitó al presidente Evo Moraxles como candidato constitucional por el período 2020-2025, en una acción vergonzosamente solapada primero desde el Tribunal Constitucional y luego desde el Tribunal Electoral, apéndices del masismo.

Tal vez el ciudadano esté, muy en el fondo del alma, resignado a tener que pasarse otros cinco años bajo el gobierno del MAS aún en contra del Referendo, la Constitución, la Ley y la palabra empeñada. Es que no se necesita ser un  gurú en política para deducir que el escenario electoral con su tribunal incluído está preparado para dar la victoria a Evo Morales en las elecciones de octubre próximo. ¿Con fraude? Es posible que sí.

Pero esa desesperanza puede cambiar y rápido. Ahí está el caso de Venezuela. Su presidente Nicolás Maduro, maestro en el atropello de referendos, elecciones y parlamento opositor, se dio un tiro en el pie en su desprecio a la legítima Asamblea Nacional y en su maremagnum de fraude electoral.

La comunidad internacional le dijo basta al sistemático quebrantamiento del orden democrático y lo deslegitimó como presidente para este nuevo período 2020-2026.

Hoy, Maduro, acepta de rodillas reunirse con Juan Guaidó, aunque lo llame muchacho, porque sabe que es el «chapulín colorado» que tiene la llave maestra de la solución al vacío de poder que él originó al fraguar los comicios electorales.

Triste final para un dictador y heredero de la revolución bolivariana comandada por Hugo Chávez Frías, muerto por un cáncer en abril de 2013.

Hilando fino, hay bastante analogía entre los casos de Boliviay Venezuela que inició su revolución en 1998, primero con el chavismo y luego con el madurismo. A ambos se les agotó el tiempo, la Ley y la paciencia ciudadana.

Hoy la democracia y la constitución bolivariana le sonríe a Juan Guaidó y a Venezuela, un pueblo sumido en una profunda crisis humanitaria tras el rotundo fracaso de la revolución bolivariana.

Evo Morales debe mirar el abrupto final de Nicolás Maduro y no repetir el plato. Está a tiempo de renunciar a su golosa aspiración presidencial y salir por la puerta ancha. Ya está demasiado maduro y su mandato constitucional tiene fecha de expiración absoluta: el 22 de enero de 2020.

Por extraña coincidencia es un día después de la fecha que su aliado Nicolás Maduro fue echado del poder por la Asamblea Nacional Legislativa al haber usurpado ilegalmente funciones presidenciales desde el 10 de enero de 2019 cuando se posesionó.

Evo Morales ¿querrá un final así? Esperemos que no.

Elenir Centenaro.

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