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El personaje

Carlos Chávez, genio y figura

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Dicen que cuando uno muere siempre es bueno. Pero en el caso de Carlos Chávez no creo que le importe lo que hayan dicho o piensen de él antes ni después de haberse marchado.

Vivió y disfrutó a su manera. Se catapultó como un hábil dirigente del fútbol boliviano y tesorero de la Confederación Sudamericana de Fútbol durante una década dorada y después de saborear las mieles de esos sitiales encumbrados cayó en picada, en una pendiente resbaladiza que lo privó de ser libre y de existir finalmente.

Un vendaval de críticas, denuncias, demandas y querellas por presunta corrupción y malos manejos en función del cargo, no lo afligieron ni lo aflojaron. Ni siquiera el cáncer le afectó el temple de acero y la voz de trueno que acompañaba con aquella mirada de fuego, barba espesa y perfil de conquistador español descendiente de Ñuflo de Chávez.

Siempre serio, aunque cuando reía soltaba carcajadas intensas, tenía la capacidad de  hablar, seducir a su entorno e imponer su punto de vista. Hasta sus detractores lo admiraban.

Sereno esperó su desenlace fatal y tal vez nunca perdió la esperanza de recuperarse y ganarle la batalla a la muerte y a la justicia. Pero el tiempo fue su peor aliado y no le quedó margen para concluir el largo partido por su salud y su vida.

Se fue hoy a media mañana, justo a la hora que le encantaba tomar un café con sus amigos en el boulevard de la avenida Monseñor Rivero, en las salas del Bingo Bahití y últimamente en la cárcel de rehabilitación de Palmasola.

Allí fue la última vez que lo vi. Llegué a la sala VIP de ese recinto penitenciario presentando mi carnet de abogada porque con el de periodista jamás hubiera ingresado  por la prohibición que tenía el personaje de dar entrevistas.

Al ingresar a esa casona de estilo colonial reservada para los ricos y famosos privados de libertad me recibió el ex recluso y ex futbolista Paipa Pinto y en su comedor bien acomodado en una ancha galería había una mesa larga cubierta con un mantel de plástico salpicado de flores y cuadros.

En el fondo dos cocineros morenos y fornidos, también reclusos,  preparaban revuelto de hígado y otras deliciosas comidas criollas. Me imagino que eran cocinadas para Chávez, pero él solo miraba, tomaba su café y fumaba al hilo un cigarrillo sobre otro. En el bolsillo de la camisa blanca que vestía aquel día resaltaba la cajetilla de cigarillo Marlboro de color rojo.

La vida cómoda, con buenos amigos incluídos, que disfrutaba el personaje en esa penitenciaría contrastaba con el conjunto del barrio marginal descuidado e inseguro de la Cárcel más peligrosa del país como lo es Palmasola.

Carlos Chávez Landívar era un hombre con capacidad de influir sobre su entorno. Sentado cerca del jardín de la sala VIP de Palmasola en una bonita silla de madera, aquella vez sostenía una conversación distendida con Tico Lozada Añez y Zvonko Matkovic Ribera. De pronto alguien interrumpió la charla. Era un recluso que ingresó con la mesa de billar recién arreglada y le daba razón de lo que había hecho a Chavez que en ese ambiente gozaba de respeto, admiración y cariño. Eso se notaba nítidamente.

Logré hacerle unas preguntas relacionadas con su caso y recuerdo que me dijo que era algo injusto y que probaría su inocencia en el curso del juicio. Estaba de pocas palabras. Pero en ellas dejaba un mensaje claro: “Voy a dar pelea hasta el final”. Y así fue.

Para entonces ya estaba delgado. De alguna manera el encierro había trastornado su cuerpo: fumaba mucho y comía poco.

Pero lo que sentía por dentro no lo manifestaba. Era un Chávez auténtico, de mucha lucha, caracter y coraje, que no se rendía ante la crisis ni la adversidad. Sólo la muerte logró doblegarlo. Su genio y figura los llevó consigo, fue único y será recordado con sus luces y sus sombras.

Elenir Centenaro

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