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El personaje

Adriana Salvatierra y su “traición a la chilena”

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Aunque cuando se la entrevistó en un programa televisivo de la Red PAT  no supo definir con precisión teórica los conceptos de “izquierda” y derecha”, ni la historia que hay detrás de estos términos, Adriana Salvatierra Arriaza no dejaba de ser una figura joven con un perfil interesante y “una promesa” dentro del nuevo liderazgo masista.

Ese mensaje vendía con euforia ella misma y la élite política de su partido cada vez que hacía alarde que era la mujer más joven en jurar como presidente de la Cámara de Senadores.

Ella inflaba el pecho y levantaba el puño en alto. Era su momento de apogeo político. Pero muy dentro del alma guardaba un secreto oscuro…una traición a la chilena.

Días después desde su misma Patria, tan propia y tan cercana, como la boliviana, le llegó el mensaje, a viva voz, y por los cuatro vientos, que ella no quería escuchar. Aquel “pecado” guardado en el sótano de su conciencia.

Este burdo traspie, ya no la hace diferente, más bien, la encaja dentro del mundo político boliviano actual donde escasean los dechados de virtudes. Hay muchas sombras para pocas luces y ella, Adriana, al contrario de lo que se creía  comenzó a transitar por las penumbras torcidas  como lo han hecho los políticos desarropados de honor y los deshabitados de honestidad y de la palabra que tiene fe de Estado.

“Soy orgullosamente boliviana”, contestó cuando la interrogaron si tenía nacionalidad chilena. Días después confesaría la verdad y pediría disculpas. Jamás lo hubiera hecho sino la delataban desde su Patria materna.

Bien sabemos que la política,en el país, es una actividad muy venida a menos por el marasmo de corrupción, mentiras y otros antivalores que la envuelve penosamente.

De ahí que Salvatierra, una locuaz parlamentaria,  y apasionada militante del Movimiento Al Socialismo, no es la excepción en la regla dominante del oscuro oficio político porque acabó decepcionando al país y sus compañeros de partido al esconder su nacionalidad chilena en una suerte de viveza criolla para escalar, escondiendo este intrincado dato, primero como senadora y luego como presidente de la Cámara de Senadores del Estado Plurinacional de Bolivia.

Que si es boliviana de nacimiento y chilena por origen o vínculo sanguíneo, no es el debate. Aquí el bodrio radica en que mintió a todo un país  al ocultar que era tan ciudadana boliviana como chilena.

Y lo hizo deliberadamente, a sabiendas, para sacar ventaja con los altos, delicados y complejos cargos ejercidos, a través de un silencio cómplice perverso que dañó la confianza y la sensibilidad de los ciudadanos.

Que no haya cometido delito, no importa. Hay golpes que son peores. Y que se comparan con una puñalada por la espalda a los sentimientos, la confianza (que es como una joya preciosa, una vez rota, como en este caso, jamás se repone) las  lealtades e intereses de un país y sus habitantes.

Convengamos que esta joven, que aún no ha llegado a los 30 años, y que es la tercera autoridad en jerarquía del país,  no aplica la ética  ni la honestidad en su vida pública.

En otras palabras encarna, además de desconfianza, una tremenda decepción y frustración, antes que una carta plena de garantía para asumir la primera magistratura del Estado cuando las circunstancias así lo amerite.

En el círculo político gobernante, hablar de Chile es una mala palabra debido a la crispación de las relaciones bilaterales  irreconciliables por el asunto marítimo, y todo el meollo conflictivo derivado del revés reciente en el tribunal internacional de La Haya, a la legítima demanda nacional.

Entonces, no se trata de un vecino amable cualquiera. Se trata del “invasor”, como lo llama a menudo el presidente Evo Morales. Y a la sangre y nacionalidad de ese enemigo invasor responde la tercera autoridad elegida por el jefe de Estado y su élite política. (Recientemente ha “renunciado” a la nacionalidad chilena, pero lo hizo de forma tardía luego que desde el propio Chile se develara en grandes titulares que la circunstancial reemplazante de Evo Morales y García Linera  es o era chilena).

Qué golpe artero más bajo. Qué atropello grosero a la ética y a la verdad. Qué traición a la chilena de aquella joven presentada como la nueva promesa del MAS.

Que esto sirva de lección para los nuevos valores de la política de que la mentira es un arma cruel, letal y sin retorno que se delata en sus patas cortas.

Elenir Centenaro.

 

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